Parecía una escena en cámara lenta. Los
segundos se volvían eternos, se podía pensar una y mil cosas entre cada
movimiento de la aguja del reloj de pared. Los números eran grandes y el
segundero de paseaba sin apuro entre cada uno de ellos. El marco azulado
resaltaba en la pared aún blanca, como no sería en unos segundos después. Aún no recuerdo porque le prestaba tanta
atención al reloj, debió ser por la posición de mis manos detrás de la cabeza
que me obligó a mirar hacia arriba. Me temblaban las extremidades, no
controlaba mi cuerpo. Estaba siendo controlado por química pura, la adrenalina
circulaba por mis venas pero no podía hacer nada para lo cual me era útil:
pelear o huir. El sujeto a mi lado, un hombre mayor de unos 50 y tantos,
compartía mi situación de nerviosismo, pero con un control distinto del usual,
su mirada era calma, como si ya hubiera pasado por una situación así, o aún
peor, como si supiera cómo iba a terminar. Tenía una gran contusión en el ojo
derecho y aun así expresaba pasividad con su rostro.
No quise mirar que sucedió después de
que el sujeto apoyó su arma en la parte de atrás de la cabeza del hombre. Yo no
era tan fuerte, no era capaz de hacerlo. Cerré mis ojos y aunque no quería,
sentí deslizarse una lágrima que termino por fluir. No era el miedo lo que
logro quebrarme, era la impotencia. No pude continuar mi pensamiento cuando un
estruendoso sonido inundó la habitación. Me dejó sordo de un oído, y aunque
estaba de rodillas, me hizo perder el equilibrio y caí de lado. Mi cabeza dio
contra el suelo de cerámicas, y eché un probablemente último vistazo a la
habitación. La pared ya no era blanca, el decorado arruinado por lo escandaloso de
la situación, el lejano espejo por el cual vi reflejada lo que me pareció la
sonrisa del perpetrador. La sangre había
logrado llegar a la pared que se ubicaba unos 3 metros por enfrente de
nosotros. Las gotas caían vagamente, dibujaban ramificaciones que parecían
interminables. Mi mente se había resignado, no buscaba salidas, reflexionaba
sobre el fin. El reloj a todo esto, había avanzado solo 30 segundos desde la
última vez que lo vi. Cerré los ojos, mis sentidos se agudizaban, podía oír
respiraciones, podía sentir vibraciones en el suelo. No sabía que esperar, así
que quedé en esa patética posición.
No sabría
decir cuánto tiempo pasó, debido a que al abrir los ojos todo había cambiado.
El reloj no estaba en la hora correcta, los objetos habían cambiado de
posición. Me puse lentamente de pie, hice un par de torpes pasos producto del
shock. No halle cuerpo alguno, pero la ramificación de sangre en la blanca
pared, seguía en su lugar. No seguía patrón alguno, pero se escurría y llegaba
al suelo para terminar cayendo a través de una rejilla convenientemente
ubicada. Avancé sujetándome de los objetos para evitar caer, volví sobre mis
pasos rememorando la situación en búsqueda de una evidencia que avalara mis
memorias. Sin ninguna delicadeza por estar en una presunta escena del crimen,
revolví en mi desesperación los objetos que me rodeaban. Volteaba sillas, movía
tazas, lapiceras. Estaba seguro de que lo había vivido. Sudaba, perdía de a
poco mi paciencia. Miré hacia la hora en el reloj de pared, con sorpresa
inquietante descubrí que la sangre se había escurrido casi en su totalidad. La
puerta se abrió de golpe y un hombre entró a la habitación, preguntó qué estaba
haciendo yo allí. En mi frenesí, resolví por no voltear ni mirar su rostro. Su
traje de oficina evidenciaba que trabajaba posiblemente en esta misma habitación.
Le respondí que buscaba algo. Inconforme y aún con más incertidumbre que
respuestas, insistió con su interrogatorio. No respondí, me sujetó del brazo
fuertemente y actuando violentamente golpeé su rostro derribándolo. Decidí
calmarme para evitar mayores problemas. En ese momento tuve una profunda revelación que
cambiaría mi vida. Estaba de espaldas a la puerta aún abierta, pero aún así sentí ingresar a alguien. El chirrido de la puerta anticipó
su entrada. Se escucho el ruido inconfundible del arma a la cual se le quita el
seguro. Con voz firme nos obligó a tomar posición de rodillas. El hombre hizo
caso. Yo ya no temblaba; sabía qué sucedería después, actuar era la única
solución.

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