Decían que en este lugar el pasto no crecía verde, no crecía lleno de vida, que una mariposa jamás sería ave y que un gusano no aspiraría siquiera a ser mariposa.
Que sentido tenía vivir cerca de aquel lago donde los ancianos a punto de morir observaban las puestas de sol, aunque el frío les calara las entrañas, aunque las lagrimas les empaparan su pijama ellos recordaban los ayeres en tierra firme, un pequeño colibrí se posaba en cada flor que pronto a de morir... Qué bellas eran todas ellas con un color carmesí que te dejaban ver lo bonito que eran aquellos días. El otoño se acercaba y con él venían los guerreros que con los años habían abandonado a sus mujeres por defender este mundo. Grillos saltando de acá para allá componiendo sinfonías que allá donde las personas de ojos grandes y corazones fríos no podrían escuchar, un pequeño trozo de alegría por las mañanas y una inmensa agonía por no querer morir y es que acá la muerte era algo que no llegaría hasta la puerta de tu casa, acá vivir era casi igual que morir, se sentía tan bien despertar un medio día y que allá tan lejos de ti las estrellas asomaran su rostro, mirar como corría el tiempo colina abajo, el olor a tierra seca, acá el viento soplaba de manera diferente y los ríos no arrasaban con los malos recuerdos.
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